Chango al poste, una historia para que tu hijo se empodere, se sienta fuerte y crezca haciéndose dueño de ese miedo que tiene.

Cuéntale a tu hijo la historia de una niña. Le narras y que visualice tu hijo las vivencias de la vida de una niña con un Chango (el chango, es un mono en México y representa el miedo). Chango siempre está a su lado en la casa de la niña y le manda todo el rato. Le narra como se siente la niña, que le gustaría hacer pero que no puede porque ese chango está en su casa, le frena… etc. 

Le tienes que poner muchas ganas a la narrativa. Ya verás que se transforma en un maravilloso cuento, con el que al final, descubre el secreto del chango: Chango quiere apoderarse de la casa de la niña. Cuando la niña lo descubre, le echa inmediatamente y lo envía a un poste lejos de su jardín. Y constantemente la niña le dice a chango, que esta casa es mía y a ti no te dejo entrar. 

Tienes que acabar la historia, en la que la niña se hace “amiga” del chango, porque también le avisa de posibles peligros que pueda tener y estar en peligro. Así que ahora, Chango será el guardián del jardín de los alrededores de la casa, pero sin olvidar que la que manda, su dueña, es la niña. 

Esta historia me la contó Laura Rincón, del instituto de Preckop de México para gestionar los miedos de los niños. Y es la que le he contado muchas veces a mi hija y la tiene muy presente en su día a día.

Te voy a contar cuando la utilice y me vino muy bien. Hace un tiempo nos ocurrió esto, te voy a poner en situación. Estaba con mi hija de 5 años en un parque con tirolina. Mi hija no sé atrevía a tirar y con solo recordarle “Chango al poste! y a que poste le iba a enviar al chango. Mi hija enseguida, le chillo con un ¡Chango, al Poste!.  Esta historia, le recuerda a mí hija, quien es la dueña, y que cada uno se tienes que colocar en su lugar. Chango en el poste,  mi hija en el disfrute pero con Chango vigilando, pero con las reglas bien claritas. 

Estábamos en un parque que ya habíamos estado en otras ocasiones. Mi hija siempre se tiraba sin problemas  a pesar de  que era una distancia y velocidad importante. Pero ese día, se tiró una vez y luego no quería saber nada de lanzarse, le entró mucho miedo de chocarse con un árbol que había al final del recorrido.

Y como ya sabrás sin verlo, entre el final de la tirolina y el árbol, había una distancia imposible de chocarse. Pero no le insistí. Acepté y verbalicé su miedo. “¿Ah, si? ¿Tienes miedo de chocarte con el árbol? Guau, y ese miedo no te permite tirarte”. Y lo dejé estar. Es decir, no seguí diciéndole nada. Ella sabía que estaba a su lado y se sentía comprendida al evidenciar que le entendía.

Esperé. Y de repente me volvió a decir: “Ama, ¿me ayudas a ver si llegaría el asiento al árbol?”

“Claro!!” Y allí que fuimos a comenzar a racionalizar el miedo. Comprobamos que aunque se tirara del asiento de la tirolina, quedaba todavía una distancia importante para llegar al árbol.

Mi hija siguió dubitativa. Algo parece que vio, pero yo ahí no dije nada. Le dejé estar en sus sensaciones y pensamientos.

Sus ganas de tirarse iban en aumento, hasta que llegó el momento que me dice con muchos nervios: “ama, me voy a tirar”.

Le recordé que era dueña del “chango” y que a qué poste lo iba a mandar. Lo ubicó en un lugar más menos cercano y se lanzó. Despacito, pero se lanzó.

Estaba muy contenta y muy prudente todavía. Pero quería seguir con su hazaña.

De nuevo le pregunté: “¿quieres llevar al chango más lejos?. Recuerda que lo puedes llevar a donde tu quieras. Eres su dueña, la que le mandas”. Y progresivamente se fue sintiendo más dueña de ese chango y cada vez que se tiraba por la tirolina, lo vivenciaba con un gran logro. La alegría en su cara era maravillosa. Ella consiguió superarlo y darle la vuelta al miedo. Y eso le hizo sentirse más fuerte y feliz.

Te comparto esta historia, para que le puedas dar la forma que tu quieras. Las claves son ayudarles a sentirse fuertes para que dominen el miedo.También hay otras historias muy preciosas que ya te iré contando.

 

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